Noticias · 25 de septiembre de 2026

Documental Circo Atayde en Teatro en Milenio

Circo Atayde ya no tiene tigres ni elefantes. Pero tiene algo que las pantallas no pueden dar

DOMINGA.– Cuando husmeé detrás del telón vi algo muy sencillo, casi noble. Del lado izquierdo del escenario estaban los metales y la voz. Del derecho, la batería, el bajo y la guitarra. Todos vestidos de negro para ser parte de la noche estrellada que, al fondo, acompañaba una palabra que conozco desde niño: Atayde. Estoy en Circo Atayde en Teatro que anda de gira… fuera de las carpas.

La imagen no era nítida. El humo que acababa de soltar la máquina de hielo seco se había quedado suspendido y parecía como si las luces de cada letra estuvieran cansadas de iluminar. Era como un sueño dentro de una película de David Lynch: algo que, por no ser completamente claro, daba la impresión de existir en alguna región recóndita del corazón o la mente. Y había algo angustiante en ello: cuando una imagen no es nítida uno nunca sabe si lo que está viendo es real o ficticio.
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Retrocedí muchos años. Vi tigres y leones. Aros con fuego. Jaulas y domadores. Vi a una acróbata de pie sobre un caballo. Vi al hombre que, con todo y su motocicleta, entraba a una esfera metálica para desafiar a la gravedad con velocidad. Después entraba otro. Y otro. ¡Rum!, ¡rum! Los motores rugían mientras crecía la expectativa. Todos sabíamos que aquello era un acto y, al mismo tiempo, que un error podía convertirlo en tragedia.

Vi también aquella escalera de cuerda, alta y angosta, por la que subían los trapecistas vestidos de blanco. Los vi pasar de un columpio a otro en lo más alto de la antigua Arena México, en la colonia Doctores. Vi sus brazos entrelazarse en el aire. Vi los cables. Vi la enorme red que esperaba debajo de ellos. Y recordé que, al final del acto, se dejaban caer. Crecí con ese circo en los años ochenta.

A mi padre, por trabajar en una institución bancaria, le regalaban pases de entrada cada Día de Reyes. Así llegué muchas veces a la Arena México, que durante mi infancia me parecía enorme. Recuerdo el recorrido de una zona a otra de las gradas, que entonces parecía interminable. Recuerdo las luces sobre cientos de personas acomodadas en declive. Los escalones construían aquella sensación de majestuosidad: hacia arriba, hacia abajo, por todas partes. Y al centro, el escenario de las estrellas del gran circo: el Atayde Hermanos.

El circo y sus acróbatas siguen siendo necesarios

El espectáculo del circo hermanos Atayde se ha reinventado a través de los años | Pedro Anza / Cuartoscuro
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Unos cuantos segundos frente a una palabra me habían regalado tantos recuerdos. Luego regresé del viaje que me remontó a una gran arena del pasado y volví a mi asiento. Ahora estaba en un teatro, en esta obra de Entertainment Group, esperando ver al mismo circo. Sentí nostalgia pero ver este espectáculo tiene la firme intención de hacer que los niños dejen por un momento las pantallas tecnológicas y disfrutar de un circo en vivo. 

Y entonces apareció el ringmaster, el actor Ariel López Padilla, solitario, con sombrero de copa, frac rojo y una luz siguiéndolo. Sin estridencias, con voz solemne y reflexiva, habló de la necesidad de revalidar el circo, de preguntarnos por qué seguía siendo necesario. Dijo que estábamos ahí para ver brillar a las estrellas.

Y pensé en algo del circo que siempre me había cautivado: la posibilidad de ver a una persona mostrar lo que sabe hacer simplemente porque ha decidido compartirlo. Mostrar lo que ha aprendido durante años. Lo que su cuerpo ha conseguido dominar. Aquello que alguna vez pareció imposible. Ponerlo frente a los ojos de los demás sin demasiadas explicaciones. Y después simplemente sonreír porque el acto salió bien. Porque se logró. Hay algo profundamente humano en ello.

En eso estaba pensando cuando se abrió el telón. Aparecieron las estrellas, acompañadas por bailarinas con plumajes y bailarines vestidos como mozos de pista.
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